Tabernas y bares de siempre en Cuatro Caminos: la ruta del vermú y la caña

Por Rafael García BrizPublicado el 2026-10-16 07:02:00🕑 10 min de lectura

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Tabernas y bares de siempre en Cuatro Caminos: la ruta del vermú y la caña

El domingo, sobre las doce y media, ya hay codos apoyados en la barra y vasos helados con una aceituna flotando dentro. Quien busque bares con solera Cuatro Caminos tiene respuesta inmediata en este barrio: zinc heredado, azulejos de principios de siglo y camareros que llevan tres décadas sirviendo la misma casa sin cambiar el gesto. Cuatro Caminos, cruce histórico de líneas de metro y de gente que vino a vivir de paso y acabó echando raíces, concentra una densidad de tabernas de toda la vida poco habitual incluso para Madrid. Lo que sigue no es una lista cerrada ni un ranking: es un itinerario pensado para tardear sin prisa, taberna a taberna, hasta que la caña se convierta en costumbre del barrio.

La ruta del vermú y la caña: itinerario de tardeo por el barrio

El primer vermú, con el mediodía todavía fresco

La ruta arranca donde arranca casi todo en el barrio: cerca de la Glorieta de Cuatro Caminos, con Bravo Murillo como eje principal. A esa hora, sobre las doce y media o la una, las tabernas con solera del barrio empiezan a llenarse de gente que no se sienta: se apoya en la barra, pide un vermú de grifo —turbio, con su rodaja de naranja o su aceituna— y se queda de pie charlando con quien tenga al lado, conocido o no. No hace falta reservar ni llegar con hambre atrasada; el primer vermú se acompaña de algo pequeño, unas banderillas, unas patatas bravas o un platito de aceitunas aliñadas, lo justo para abrir boca sin comprometerse a comer.

Este primer tramo marca el tono de toda la tarde. Aquí no se trata de acumular locales como quien hace turismo de trofeos, sino de entender que el vermú de mediodía es, sobre todo, una excusa para pararse y mirar alrededor: el barrio pasa por la puerta, entra a comprar el pan, saluda al camarero por su nombre. Esa cercanía es lo que distingue a una taberna de siempre de cualquier local nuevo con buena decoración pero sin memoria detrás.

De barra en barra: la ronda de tapeo

Pasado el primer vermú, la ruta se convierte en ronda: una caña aquí, una tapa allá, sin sentarse nunca del todo. Es el formato más flexible y también el más fiel a la tradición castiza, porque permite conocer en una sola tarde media docena de locales distintos sin que la cuenta ni el estómago se disparen. Cada parada suele tener su especialidad no escrita —el sitio de las bravas, el de la tortilla, el del pescado frito los viernes— y parte de la gracia está en descubrirla preguntando, no leyendo una carta plastificada.

Recorriendo las fichas de bares de esta guía, con más de una treintena de locales reunidos bajo esa categoría, se distinguen varios perfiles que conviene tener mapeados antes de salir a la calle:

  • La taberna de azulejos y toneles, con jamones colgando del techo y una carta de tapas que lleva décadas sin apenas cambiar de nombre.
  • El bar de vermú de grifo, reconocible por la etiqueta escrita a mano sobre el surtidor y por una clientela que pide «lo de siempre» sin mirar al camarero.
  • La cervecería de barra larga, pensada para la caña bien tirada y las raciones para compartir entre tres o cuatro personas.
  • El bar de barrio con televisión encendida, donde el fútbol o el telediario hacen de banda sonora y la ronda se alarga sin que nadie mire el reloj.
  • La antigua bodega-colmado reconvertida en bar de vinos, con estanterías que todavía recuerdan al ultramarinos que fue antes de servir copas.
  • El bar de tapeo con vitrina de pinchos, fríos y calientes, ideal para probar variado sin comprometerse a una comida completa.

Ninguno de estos perfiles es mejor que otro: la gracia de la ruta está en combinarlos, empezando por el más tranquilo y dejando la cervecería con más ambiente para cuando la tarde ya esté animada.

El cierre, con calma y sin prisa

La última parada suele ser la más relajada. Cuando cae la tarde, el ritmo de las tabernas cambia: entra gente que sale del trabajo, se llenan las terrazas si el tiempo acompaña, y la ronda de pie da paso a alguna mesa donde por fin sentarse un rato. Cerrar con un vino, una caña tranquila o un carajillo si ya ha refrescado es la forma más natural de terminar sin que la ruta se convierta en un maratón.

Los bares con más solera del barrio se reservan casi siempre para este último tramo, y ahí es donde más se nota la diferencia entre un barrio con memoria y uno sin ella: no hay prisa por cerrar la cuenta ni por dejar sitio a la siguiente mesa.

Del colmado a la barra: breve historia del vermú castizo en Madrid

El vermú no nació en Madrid, pero la ciudad lo adoptó con tanto entusiasmo que acabó pareciendo un invento propio. Llegó importado desde Italia y Francia a finales del siglo XIX, primero como bebida de café elegante, y no tardó en bajar a la calle: a principios del siglo XX ya existía la costumbre de «hacer el vermú» los domingos antes de comer, una pausa social que coincidió con la expansión de barrios obreros como Cuatro Caminos, entonces zona semiindustrial en pleno crecimiento.

La llegada del metro al barrio en 1919, una de las primeras líneas de Madrid, multiplicó el trasiego de gente y con él la necesidad de tabernas rápidas y baratas donde parar antes o después del trabajo. De esa época proceden buena parte de los rasgos que todavía definen a una taberna de toda la vida en Madrid: la barra de zinc, los azulejos con motivos vegetales o publicitarios, los toneles usados como mesa o como decoración, y una carta breve, casi memorizada, que apenas ha cambiado en generaciones.

El vermú vivió después un largo eclipse. Entre los años sesenta y los noventa, la cerveza y los combinados le fueron ganando terreno en las barras, y muchas vermuterías cerraron o se transformaron en bares genéricos. La reivindicación llegó de la mano de una generación más joven que, ya en la última década, empezó a valorar el vermú de grifo casero como una seña de identidad frente a la uniformidad de otras bebidas, ayudada por el creciente interés por lo artesanal y lo de proximidad. Cuatro Caminos, con su cercanía al Mercado de Maravillas y su tradición comercial de toda la vida, se benefició especialmente de ese regreso: aquí el vermú nunca llegó a desaparecer del todo.

Cómo montarse la ruta sin que se note el turista

No hace falta ser del barrio para disfrutar la ruta, pero sí conviene organizarse un poco para que la tarde no se convierta en una carrera de barra en barra. Lo primero es elegir bien el momento: el domingo a mediodía es la sesión clásica, con más ambiente y más gente de siempre, mientras que entre semana, a partir de las siete de la tarde, el barrio ofrece una versión más tranquila y también más local, sin las colas del fin de semana.

El segundo criterio es el ritmo. La tentación de pedir una consumición grande en cada parada acaba pasando factura antes de la tercera taberna; lo habitual entre quienes hacen la ruta con regularidad es pedir raciones pequeñas —un vermú corto, una caña, una copa de vino— y compartir las tapas entre el grupo, dejando margen para seguir probando sitios sin llenarse.

Señales de que un bar tiene solera de verdad

No todos los locales que se anuncian como tradicionales lo son. Antes de sentarse conviene fijarse en algunos detalles que suelen delatar a un bar con historia real detrás de la barra:

  • Barra de zinc o mármol desgastado por el uso de décadas, no por un diseño que imita lo antiguo.
  • Vermú de grifo además de embotellado, señal de que la casa tiene receta propia o proveedor de confianza desde hace tiempo.
  • Carta breve, a veces solo hablada, sin fotografías ni menús plastificados de gran formato.
  • Clientela mixta y habitual, con vecinos que entran y piden sin mirar la pizarra.
  • Camareros con memoria, capaces de recordar lo que suele tomar la clientela recurrente.
  • Precios de barrio, coherentes con una zona no turística, sin sorpresas en la cuenta final.

Conviene también llevar algo de efectivo: no todas las tabernas más veteranas tienen datáfono para consumiciones pequeñas, y preguntar antes de pedir evita el clásico momento incómodo a la hora de pagar.

Cuatro Caminos en el mapa del tapeo de Madrid

Cuatro Caminos pertenece al distrito de Tetuán, uno de los puntos de la almendra central de Madrid donde el tapeo de toda la vida ha resistido mejor a la turistificación. Mientras otras zonas de Madrid han visto cómo sus tabernas históricas se convertían en locales de diseño orientados a visitantes, aquí el vermú en Tetuán Madrid sigue siendo, sobre todo, cosa de vecinos: gente que vive a cinco minutos andando y entra por costumbre, no por recomendación de guía de viaje.

Esa condición de barrio con vida propia, alejado del circuito turístico más evidente de Madrid, es precisamente lo que hace interesante una ruta de bares en Cuatro Caminos frente a itinerarios similares en el centro. En zonas como La Latina o Malasaña, la ruta de vermú se ha convertido en buena medida en un producto pensado para quien visita Madrid por primera vez; en Cuatro Caminos, en cambio, se mantiene el pulso original: bares que llevan el nombre de una familia, cartas que no se han traducido a otros idiomas y una clientela que se conoce de toda la vida.

Esta diferencia no significa que el barrio esté aislado del resto de Madrid. Al contrario: la buena conexión de transporte, con el cruce de líneas de metro que da nombre al barrio, convierte a Cuatro Caminos en un destino fácil de sumar a cualquier plan por la ciudad, ya sea antes de visitar el Mercado de Maravillas, de camino a Chamberí o como cierre de una tarde que empezó en otro punto de Madrid. La solera está aquí; la logística para llegar, también.

La barra de siempre, con futuro por delante

La cultura del vermú y la taberna castiza vive un momento curioso: por un lado, hay una revalorización evidente entre generaciones más jóvenes que han convertido el vermú de grifo en algo casi identitario, lejos de la imagen de bebida de mayores que arrastró durante años. Por otro, la presión inmobiliaria y la homogeneización de la oferta de ocio amenazan a muchos barrios con borrar precisamente lo que hace especial a estos locales: la continuidad, la memoria, el hecho de que el dueño de hoy sea hijo o nieto de quien abrió la persiana hace décadas.

Cuatro Caminos tiene, de momento, una posición relativamente protegida frente a esa presión. Su carácter de barrio residencial y comercial, más que de destino de ocio nocturno masivo, ha permitido que buena parte de sus bares con solera mantengan el modelo de negocio que siempre tuvieron: márgenes ajustados, clientela fiel y poca necesidad de reinventarse para atraer a un público de paso. Eso no garantiza nada para siempre, pero sí explica por qué, a día de hoy, sigue siendo uno de los sitios de Madrid donde resulta más fácil encontrar una taberna auténtica sin tener que buscar mucho.

La recomendación, si de algo sirve, es sencilla: hacer la ruta ahora, sin esperar a que se convierta en tendencia. El vermú de grifo, las tapas sin foto en la carta y las barras gastadas por el uso siguen ahí, a pie de calle, esperando a quien tenga una tarde libre y ganas de pedir «lo de siempre» en un sitio donde, quizá sin saberlo todavía, acabará siendo también cliente habitual.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia a una taberna con solera de un bar de tapas cualquiera en Cuatro Caminos?▾
La diferencia está en la continuidad más que en la decoración: una taberna con solera lleva años, a veces generaciones, con la misma familia detrás de la barra, una carta que apenas cambia y una clientela de vecinos que repite por costumbre. El vermú de grifo, los azulejos originales y los precios ajustados a un bar de barrio suelen ser señales fiables. Un bar de tapas genérico puede tener buena oferta, pero rara vez transmite esa sensación de lugar que lleva ahí toda la vida.
¿Cómo se organiza una ruta de bares por el barrio sin acabar demasiado lleno?▾
Lo habitual es pedir consumiciones pequeñas en cada parada, un vermú corto, una caña, una copa de vino, y compartir las raciones entre el grupo en lugar de pedir un plato completo en cada sitio. Cuatro o cinco paradas suelen bastar para una tarde completa sin saturarse. Conviene además alternar el ritmo: empezar por una taberna tranquila, seguir con bares más animados a media tarde y reservar el cierre para un lugar con calma, ya sea con una copa de vino o un café.
¿Cuándo es el mejor momento para hacer la ruta del vermú por el barrio?▾
El domingo a mediodía, entre las doce y las dos, es la franja clásica: es cuando más tabernas tienen el vermú de grifo recién puesto y más ambiente de vecinos se respira en las barras. Entre semana, a partir de las siete de la tarde, la experiencia es más tranquila y también más local, con menos afluencia y más facilidad para charlar con el camarero. Los sábados por la tarde ofrecen un punto intermedio, con buen ambiente pero sin las aglomeraciones dominicales.
¿Dónde se concentran los bares con más historia dentro del barrio?▾
No hay una única calle, aunque el entorno de la Glorieta de Cuatro Caminos y el tramo de Bravo Murillo más cercano al metro reúnen buena parte de las tabernas más veteranas, gracias a su tradición comercial desde principios del siglo pasado. También conviene alejarse un poco de los ejes principales: algunas de las barras con más solera están en calles secundarias, lejos del ruido, sostenidas casi exclusivamente por clientela de toda la vida en lugar de por el paso ocasional de gente.
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Escrito por

Rafael García Briz

Editor

Editor responsable de esta guía. Construyo y mantengo guías temáticas de negocios en España a partir de fuentes públicas verificadas, con revisión editorial propia y la metodología documentada en la página «Sobre nosotros». Cada artículo pasa por esa misma revisión antes de publicarse.

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